Considerando sus grandes tesis y muchas demostraciones de detalle, podría pensarse que el pensamiento de McLuhan, dicotómico y abstracto, corresponde más a la edad de la imprenta que a la del “circuito eléctrico”; podría inquietarnos el delirio interpretativo que tiende a reducir los ásperos desarrollos de un gigantesco período histórico a un solo y monótono factor, que sería un medio tecnológico (“el nacionalismo y la revolución francesa, que la influencia homogeneizante de la imprenta incubaba desde mucho tiempo atrás”, Galaxia, pág.237).
Pero sería un error detenerse en el primero y legítimo sentimiento de rechazo. La reducción monomaníaca a la imprenta, por un lado, y al circuito eléctrico, por otro, no debe encubrir la existencia de un pensamiento galáctico, es decir, un pensamiento que se esfuerza por establecer grandes configuraciones donde las aproximaciones inesperadas traducen una búsqueda flexible de compleja estructuración. So el paradigma de McLuhan es pobre, en cambio su sintagma es rico, y no solamente por le flujo de contigüidades propuestas, sino también por un sentido dialéctico, delicado y sutil. En Understanding Media, advertimos rápidamente que lo más interesante no es el análisis de la edad del circuito eléctrico, sino el examen de un período de transición, como es el nuestro, entre lo impreso y el mencionado circuito, y que se traduce más en una interpenetración que en un choque de galaxias: “dos culturas pueden pasar una a través de otra sin toparse, pero no pueden evitar un cambio de configuración” (Galaxia, pág. 219).
De este modo observa McLuhan que, así como “todo proceso, en la fase final de su evolución, permite barruntar las características contrarias de sus primeras fases” (Galaxia, pág.399), de la misma manera el fin de la era gutenbergiana, con el romanticismo por ejemplo, aparece como una reacción negadora en relación con el pensamiento racionalizador y lineal. Inversamente, en sus períodos iniciales, una Galaxia es tributaria de la que la ha precedido (“el libro impreso fue primero sofocado por la cultura que lo precedió”, Galaxie, pág.225), lo que, por lo demás, ya había sido puesto en claro por Lucien Febvre en su Rabelais, a propósito de la medievalidad del Renacimiento. Así el “contenido” del nuevo entorno de los medios de masa, es el antiguo, pero reacondicionado. Igualmente McLuhan se muestra atento a la línea de ruptura entre dos configuraciones, más allá de la cual se sitúa el punto de no retorno.
Hay pues un conflicto entre el dogmatismo esquemático del enfoque antropohistórico y la flexibilidad galáctica del pensamiento, pero éste llega a ser, en cierto momento, demasiado flexible y no encuentra ninguna dificultad para decidir, en el estudio de la nueva galaxia de los medios de masa, aquello que parece abstracto y lineal -adjudicado a los restos del gutenbergismo –y aquello que parece correcto e inmediato en la nueva edad eléctrica, y así a menudo la astucia intelectual se confunde con la prestidigitación.
Understanding Media y The medium is the message quieren establecer la configuración de la nueva galaxia en formación que, como la Galaxia de Gutenberg, concierne a todos los aspectos de la actividad humana, desde el dinero, el tiempo, la vivienda, el vestido, los nuevos aspectos de lo impreso, las historietas, hasta –desde luego- los medios de masas modernos. Pero la diferencia de la nueva galaxia es que se funda en la implicación, la simultaneidad, la discontinuidad, el espacio-tiempo y tiende a desarrollarse en el trabajo por desfragmentación, en la política por la tele-participación (aunque, dice McLuhan, la política continúa proponiendo las respuestas de ayer a los problemas de hoy). Los riesgos de uniformidad planetaria que algunos creen ver en la automación no son sino la proyección en el futuro, de la estandarización y la especialización mecánicas de la era precedente. Por el contrario, nos dirigimos hacia una plenitud en el tiempo libre: “mientras que en la era mecánica el tiempo libre fue la ausencia de trabajo o simplemente la ociosidad, en la edad eléctrica ocurre lo contrario. Como la era de la información exige el empleo simultáneo de todas nuestras facultades, advertimos que el máximo de tiempo libre corresponde a los momentos en que estamos más intensamente comprometidos, como sucedió en todas las épocas con los artistas” (Understanding).
De manera muy general, la electrónica impone una nueva interdependencia, una nueva relación concreta e inmediata que no sólo “retribaliza” los grupos de juegos y de diversiones, sino que también recrea el mundo a imagen de una aldea global. McLuhan profetiza imprudentemente la declinación de los nacionalismos, aunque no ignora las dificultades de realización de la nueva Galaxia: “en sus esfuerzos por recuperar una cierta unidad de sensibilidad, de sentimiento, de pensamiento, el mundo occidental no está más dispuesto a aceptar los efectos tribalizantes de esta unidad que cuando debió enfrentar la dislocación del alma humana al aparecer la imprenta” (Galaxia, pág.54). Puede ponerse en duda que los nuevos medios segreguen un neotribalismo, pero podemos pensar que McLuhan no sólo tiene razón al observar que el carácter inmediato de la tele-información hace del mundo una tele-aldea, sino que también intuye un fenómeno importantísimo que nosotros llamaríamos el neoarcaísmo, en nuestra opinión estrechamente ligado al neomodernismo.
McLuhan no intenta considerar este neoarcaísmo desde sus diversos ángulos (no sólo comunidad y encantamiento, sino también búsqueda de fundamentos, de autenticidad). Está demasiado concentrado en su circuito eléctrico como para tomar en consideración la antropología bolkiana (la prolongación continua, con el desarrollo de la civilización de la infancia en la edad llamada adulta), particularmente en un ludismo cada vez más amplio y asumido, o para encarar el neoarcaísmo como una poderosa contratendencia a la técnica funcionalista abstracta (al “medio técnico” diría Georges Friedmann), o también para estudias la necesidad de antídoto que brota del mismo nihilismo contemporáneo. Pero, rousseauniano a su modo. McLuhan ve claramente que la edad progresiva es más una edad neoarcaica que racionalista, y percibe la profundidad del fenómeno: “el hombre moderno, desde los descubrimientos del electromagnetismo, se instala en todas las dimensiones del hombre arcaico y aun en otras” (Galaxia, pág.105). Detecta “galácticamente” el neoarcaísmo en diferentes puntos, como por ejemplo en los músicos de jazz, que “utilizan todas las técnicas de la poesía oral”, o en los jóvenes beatniks, que prefieren “a una vida de consumo especializada y fragmentada, todo lo que les ofrece un compromiso humilde y profundo”. Y, a la manera de Lévi-Strauss, Maculan invierte la óptica y redescubre la notable modernidad de la conciencia arcaica:”los sabios y los físicos contemporáneos debieron asombrarse al volver a encontrar en los niveles más profundos de la conciencia primitiva las ideas más evolucionadas y más avanzadas del arte y de la ciencia de hoy” (Galaxia, pág.44).
Además de definir los medios de masas modernos por su carácter global, McLuhan distingue dos tipos:
- Hot: radio, cine, foto.
- Cool: teléfono, televisión, cartoons.
Los medios calientes están llenos de información y exigen poca participación del público. Los medios fríos son pobres en información y ricos en participación. Cabe interrogarse sobre la pertinencia de extrañas oposiciones, donde, por otra parte, la palabra cool llega a denotar la participación, es decir, la calidez afectiva. Cabe interrogarse sobre este punto particularmente porque MacLuhan nos indica que los efectos de un medio hot pueden ser cool si el receptor es cool (de este modo son cool los países atrasados, los campesinos; son hot las personas ligadas aun a la era gutenbergiana, aunque los jóvenes que están a la vanguardia de la nueva galaxia son otra vez cool). Asombra igualmente que el cine esté opuesto como hot a una televisión cool, mientras que uno y otro disponen de un vasto sector común. Pero la lectura pone en claro que las calificaciones de hot y de cool derivan de un juicio multidimensionado global, y no solamente de una esencia propia de determinado medio. Así el cine es cool, al parecer, porque es un producto de la era de transición; es un “matrimonio espectacular de la tecnología mecanicista y del nuevo mundo eléctrico”. Está emparentado con la imprenta porque, en forma de rollos y de guiones, tiende a desarrollar el mundo real y se muestra muy cercano al libro. (Incluso McLuhan sugiere que el cine sólo es inteligible para los alfabetizados).Pero, a diferencia de los impreso, el film presenta en bloque una “gestal” instantánea, y expresa, en relación con el mundo mecánico, “el reclamo de un mundo de espontaneidad, de sueños y de experiencias personales únicas” (Understanding).
El film es hot, en definitiva, porque requiere poco compromiso del espectador. En cambio la televisión exige discusiones, debates y un “extraordinario grado de participación”. A diferencia del film, la televisión prefiere presentar “lo que está haciéndose” más que “lo ya hecho”. La débil cualidad de la imagen de televisión, cuya visión debe completar el teleespectador mediante la manipulación de botones o la acomodación perceptiva, particularmente en lo que se refiere a la tercera dimensión, casi ausente, y la dificultad de captar los detalles, todo esto es una cualidad cool que obliga a una intensa participación sensorial de todos los instantes “profundamente kinestésica y táctil”; McLuhan llega a afirmar que la televisión es, sobre todo, una prolongación del sentido del tacto.
El uso de la televisión ha creado un compromiso total en una actualidad global. McLuhan parece ver esencialmente una gran virtud en este fenómeno: “la televisión ha enseñado a los norteamericanos a pensar con profundidad… abrió a Norteamérica a la sensibilidad europea” (Understanding). Pero igualmente parece ver, en otro frente, nuevas dificultades. El hombre electrónico, comprometiéndose cada vez más en las actualidades de la condición humana, no puede aceptar la estrategia cultural de la literacy; de este modo la televisión exacerbaría los problemas raciales, que ya no pueden abordarse eficazmente con el antiguo pensamiento.
Sobre la concepción general del papel del artista, McLuhan retoma las ideas románticas del siglo pasado, formuladas electrónicamente: el artista tiene un “radar” que hace de él un “experto consciente de los cambios que sobrevienen en la percepción de los sentidos” (Understanding); “el arte es un sistema de alerta precoz que permite descubrir los blancos sociales y psicológicos con el tiempo suficiente como para hacerles frente” (Understanding). Habiendo partido del sentimiento romántico del artista hiperlúcido, McLuhan arriba a la función eficiente del artista en la sociedad moderna, que consiste en alertarla y prepararla para el cambio. Quizás el artista sea algo más:”el artista de todas las épocas, ¿no prefigura acaso la nueva era del tiempo libre pleno e intenso? ¿No es siempre el hombre del neoarcaísmo? ¿No hay, una ontogénesis propia del arte, que se ha efectuado en reacción contra el mundo capitalista del mercado de la época precedente?
Una página bastante oscura, e interesante, podría indicarlo: “a medida que la sociedad capitalista se definía, la literatura pasaba a ser un artículo de consumo. El público se convertía en mecenas. El arte cambiaba de función, dejaba de ser una guía de la percepción para convertirse en uno de los encantos de la existencia, una mercancía corriente. Pero el productor, o el artista, se vieron forzado, como nunca antes, a interrogarse sobre el efecto de su arte, lo que a su vez descubrió a la atención humana nuevas dimensiones de la función del arte. En tanto que los manipuladores del mercado tiranizaban al artista, éste, es su aislamiento, alcanzaba una comprensión clara y lúcida del papel crucial de las formas y del arte como medio de realización y de orden para el hombre. Al prescribir un orden humano, el arte pasó a ser otro tan pronto como los mercados de masas crearon la plataforma que permite que todos compartamos ahora la conciencia de una nueva perspectiva y de un nuevo potencial de belleza y de orden en todos los dominios de lo cotidiano, simultáneamente. Desde un punto de vista retrospectivo, es muy posible que nos veamos obligados a admitir que fue la edad de los mercados de masas la que creó las condiciones previas para un orden mundial de la belleza y de los artículos de consumo” (Galaxie, pág. 396).
Bajo numerosos aspectos el pensamiento de McLuhan aparece como una ideología euforizante, y hasta como un pensamiento salvaje que trata de integrar el fenómeno de los medios de masas al hombre sobre la base de una sistemática pobre, un juego de oposiciones escasamente pertinente (imprenta-circuito eléctrico, hotcool) y una obsesión por reducir todo a la pareja sensorial-tecnológico. Esta antropohistoria del hombre tribal-oral, luego gutenbergiano y por último electrónico, escamotea tanto la economía como la sociología y la psiquis. No obstante, y aunque es un forma caricaturesca, McLuhan atrae la atención hacia la dimensión antropológica de los medios de masas, hacia el enlace entre el medio y el fenómeno social total (galaxia), y, en lo que se refiere a la era moderna, el “neotribalismo”, que es, en realidad, un neoarcaìsmo.
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[1] VV.AA.: “Análisis de Marshall McLuhan”, ed: Tiempo contemporáneo. Buenos Aires, 1969, 1º ed: 1969.
